Antes de una final de rugby, un presidente entró en un vestuario. Llevaba puesta la camiseta de quienes, durante décadas, habían representado un mundo que lo excluía.
Era el 24 de junio de 1995. Nelson Mandela apareció ante los jugadores sudafricanos con la camiseta de los Springboks y el número seis de su capitán, Francois Pienaar. Aquel equipo estaba profundamente vinculado a la identidad afrikáner; su emblema arrastraba las divisiones del apartheid. Vestirlo formaba parte de una apuesta por la reconciliación.
Me interesa detenerme en esa imagen porque solemos buscar el poder en los discursos, los cargos y las decisiones. Allí, una intención política también se volvió visible a través del cuerpo y de una prenda. Podemos leer aquel gesto como una invitación: hay espacio para ustedes en el país que estamos construyendo.
La camiseta tenía sentido porque la llevaba Mandela, ante aquellas personas, en aquel momento. La presencia adquiere poder dentro de una relación.
Saltemos ahora a otro escenario. En enero de 2007, Steve Jobs presentó el iPhone vestido con su habitual jersey negro de cuello alto y vaqueros.
Su sencillez acompañaba la promesa del producto: una tecnología compleja podía sentirse cercana, comprensible, deseable. Su aspecto, su manera de presentar y lo que mostraba componían una misma historia.
Copiarle el jersey jamás habría bastado para producir ese efecto. Detrás estaban su trayectoria, la reputación de Apple y un producto que podía enseñar.
Aquí la leccion es clave: La imagen cobra fuerza cuando permite reconocer algo que puedes sostener.
Y aquí aparece una pregunta que nos concierne bastante más de lo que parece: ¿tu presencia ayuda a que los demás descubran lo que tienes para aportar?
Hablar de esto nos acerca al capital erótico. La socióloga Catherine Hakim desarrolló en 2010 una propuesta que reúne distintas fuentes de atractivo: belleza, atractivo sexual, encanto, habilidades sociales, vitalidad y presentación personal, entre otras dimensiones. En su planteamiento, ese conjunto puede tener valor también fuera de las relaciones íntimas.
Imagen pública, carisma y capital erótico se cruzan, aunque designan cosas distintas. Los casos anteriores muestran el poder de los símbolos y de la presentación; Hakim nos invita a observar, además, cómo el atractivo físico y social puede convertirse en una ventaja.
En la vida cotidiana, esto abre una conversación sobre la voz, el cuidado personal, la expresividad, el humor y la facilidad para hacer agradable un encuentro. Recursos que solemos relegar a lo superficial, aunque participan en nuestra manera de relacionarnos.
A mí me interesa especialmente esa dimensión relacional. Piensa en alguien con quien te gusta conversar. Quizá sabe hacer una pregunta precisa, escucha sin buscar una oportunidad para interrumpirte y tiene una manera de contar las cosas que te mantiene allí. ¿Cuánto de su atractivo aparece precisamente mientras comparten tiempo?
Hay, por supuesto, una tensión que debemos conservar: resultar convincente no demuestra tener razón. Tampoco deberíamos exigir atractivo para reconocer competencia. Podemos trabajar nuestra presencia y, al mismo tiempo, cuestionar los prejuicios sobre género, edad, cuerpo o clase que condicionan cómo se nos recibe.
Por eso, la estrategia de hoy empieza con una observación, antes de cambiar el armario o ensayar una sonrisa.
Piensa en tu última reunión, presentación o encuentro profesional y haz este pequeño autodiagnóstico. Es un ejercicio de reflexión, sin puntuaciones: responde con ejemplos concretos.
Intención. ¿Qué querías que las personas percibieran de ti? Elige dos cualidades, como claridad y cercanía, y recuerda qué hiciste para expresarlas.
Imagen. ¿Te sentías a gusto con lo que llevabas? Observa si tu ropa acompañaba la situación o si pasaste el encuentro pendiente de ajustarla, esconderte o parecer alguien distinto.
Voz. ¿Pudiste terminar tus ideas y hacer pausas? Recuerda si el ritmo y el volumen ayudaron a entenderte. Tener presencia también puede ser hablar con serenidad.
Vínculo. ¿Qué hiciste para conocer a la otra persona? Busca una pregunta, una escucha atenta o un detalle que demuestre interés más allá de tu propia presentación.
Huella. ¿Qué quedó claro sobre ti al terminar? Si tienes confianza con alguien que estuvo allí, pregúntaselo. La impresión que intentamos producir y la que dejamos pueden diferir.
Lee tus respuestas buscando algo que ya funciona y un aspecto que quieras practicar. Tal vez tu calidez es evidente, pero tus ideas quedan diluidas entre demasiadas explicaciones. O comunicas solvencia y te cuesta abrir una conversación más humana.
Durante los próximos siete días, trabaja una sola cosa. Si quieres transmitir claridad, prepara una presentación de treinta segundos: qué haces, a quién ayudas y qué problema sabes resolver. Grábala una vez, escucha dónde te enredas y simplifica. Después pruébala en una conversación real y observa qué entendió la otra persona.
Si tu fortaleza está en escuchar, consérvala. Deja que esa cualidad acompañe una explicación más clara de lo que sabes hacer. Tu forma de estar puede ayudarte a mostrar capacidades que hasta ahora quedaban poco visibles.
En octubre vamos a profundizar en esta relación entre atractivo, presencia e influencia en THE PRACTICE: Activar tu capital erótico.
Este ejercicio puede ser tu punto de partida.
Me gustaría que esta semana te llevaras una pregunta a tu próxima reunión: ¿qué parte valiosa de mí todavía necesita hacerse visible?



