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«Vete a tu país»: cuando tu origen se convierte en un argumento contra ti

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

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sep 16, 2026
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Mi identidad es lo que hace que yo no sea idéntico a ninguna otra persona.

Amin Maalouf

Esta semana terminé pensando menos en las noticias que había visto que en los comentarios que las acompañaban. Me quedé con esa sensación desagradable de haber entrado en una conversación donde, de pronto, alguien considera perfectamente razonable recordarle a otra persona que pertenece a otro lugar.

«Vete a tu país».

Qué facilidad para escribir una frase que puede tocar tantas cosas a la vez: tu casa, tu historia, tus afectos, el esfuerzo de empezar de nuevo. Qué manera de convertir una discrepancia en una advertencia sobre tu derecho a estar.

Pero voy por partes.

La primera escena era un video de Charles Leclerc y su esposa, Alexandra. Él se sienta mientras ella, embarazada y con el perro, permanece de pie; Hamilton parece incorporarse para cersiorarse que todo esté bien con ella. El fragmento provocó críticas sobre la atención del piloto hacia su pareja.

Entendí el malestar, especialmente el de muchas mujeres. A mí también me incomodan esas pequeñas desatenciones: avanzar sin ajustar el paso, instalarte sin comprobar cómo viene la persona que te acompaña. Hay algo muy cotidiano en sentir que debes resolverlo todo mientras el otro da por hecho que puedes seguirle.

Y, además, hacerlo frente a cámaras. Las parejas de los pilotos también generan titulares, también son observadas. No sabemos qué pensaba ella, pero podemos reconocer la presión de atravesar una situación incómoda procurando que no se te note (o quizá ella tampoco notó el problema en todo esta imagen, nunca lo sabremos).

Un video breve no permite diagnosticar un matrimonio, pero sí permite conversar sobre el cuidado y sobre cuánto comunican los gestos aparentemente menores.

Hasta que leí: «Es europeo, todos son así». «Es europeo, qué se puede esperar».

Y me sorprendió la naturalidad del salto.

Estábamos hablando de una conducta y terminamos atribuyéndosela a un continente. La nacionalidad aparecía como una explicación suficiente del carácter. Como si la consideración tuviera pasaporte y millones de personas compartieran una misma incapacidad afectiva.

No necesito defender aquel gesto para rechazar esa conclusión. Precisamente porque la crítica puede ser legítima, me importa que no termine sostenida por un prejuicio.

La segunda noticia tenía una carga política más evidente. Antes del Elche–Real Madrid, Mbappé, Konaté y Vinicius Jr. llevaron enrolladas las camisetas de apoyo a Ceuta, impidiendo que se leyera completo el mensaje; Vinicius y Mbappé se las quitaron antes del saludo protocolario.

Podemos discutir el gesto. Preguntarnos qué quisieron expresar, si correspondía hacerlo, cómo se relacionan las posiciones personales con los compromisos de un club. También reconocer que, sin una explicación de los protagonistas, atribuirles una intención concreta exige cautela.

Pero los comentarios que encontré ya habían resuelto otra cosa: «Qué se puede esperar si no son españoles». «Que se vayan a su país». Y, sobre los franceses: «Claro, si son africanos».

Ahí dejé de estar leyendo una discusión sobre camisetas.

Cuando ser francés deja de contar porque alguien decide que tus raíces africanas pesan más, el criterio de pertenencia se vuelve racial. Puedes representar a un país y aun así encontrarte con quien se reserva el poder de considerarte extranjero.

Me inquieta esa pertenencia condicional: eres de los nuestros mientras resultas útil, mientras ganas, mientras no incomodas. En cuanto haces algo que disgusta, alguien vuelve a señalarte la puerta.

No equiparo todas estas expresiones. Un estereotipo sobre europeos y una orden de expulsión dirigida a una persona racializada tienen contextos y consecuencias diferentes. Pero en ambas conversaciones aparece un mecanismo reconocible: dejar de evaluar lo que alguien hace para explicar su conducta por su origen.

Y entonces pensé en mí.

Soy venezolana. Vivo en Europa. Soy socióloga y analista geopolítica. Mi trabajo consiste, entre otras cosas, en estudiar decisiones políticas, discutir sus consecuencias y formular preguntas incómodas.

Entonces, si cuestiono una política europeísta, ¿habrá alguien que me diga que me vaya a mi país? Probablemente. ¿Me perdornarían si mi abuelo era español o si mi familia paterna es portuguesa? no estoy segura.

Lo que me preocupa es la expectativa detrás de esa respuesta: que vivir fuera de tu lugar de nacimiento te obligue a una gratitud silenciosa. Que puedas trabajar, pagar, consumir y adaptarte, pero que opinar demasiado se interprete como una falta de educación.

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